Daniel Villalba describe con impresionante belleza, su experiencia en India. Sin dudas, un viaje inolvidable, en un texto que transporta a un mundo colorido, dinámico y espiritual.

Por: Daniel Villalba

Ellos caminan despojados de lo material. Caminan despreocupados vistiendo humildes y coloridos atuendos sobre su piel morena. La espiritualidad los envuelve todo el tiempo, al menos en esta vida, con una sinceridad envidiable. Y los que pueden caminar un poco más, van allí, a Varanasi, donde la muerte es simplemente el pasaje a la perfección del alma, la eternidad. Los que tienen ese privilegio lo hacen sabiendo que morir allí, es el fin de las reencarnaciones, las evoluciones y las involuciones, las trasmutaciones y los aprendizajes. Porque terminar sus vidas en ese lugar significa pasar al estado del nirvana, dejando ya de trascender, para apagarse como lo hace el final de una vela. Al menos esa es su connotación en la religión hinduista, la más practicada, -más allá de que la India sea tierra de innumerables credos-.

Ellos creen, rezan, respetan sus ceremonias, a sus dioses, a sus figuras y a sus templos. La magnificencia de la práctica de la religión es tal, que no hay rincón en la India por más lejano que sea, donde no se profese.

India, imperfecto orden

Viven en un caos perfectamente organizado. Todo tiene su dinámico lugar. Las motos, las bicicletas, las vacas –sagradas para ellos- echadas en medio del paso y respetadas por todos. Los caminantes, los sacerdotes, los religiosos, los incansables vendedores, las mujeres yendo y viniendo juntas. Los que descansan a la sombra del sol, los colores vivos que distraen las miradas de los aturdidos turistas. Todo en medio de un bullicio a veces ensordecedor donde conviven todo tipo de voces y de ruidos. A veces parece que no hay lugar para nada mas, que está todo ocupado con todas sus piezas encastradas en una convivencia admirable; pero que de pronto se desarma y se vuelve a armar con la misma perfección del equilibrio anterior en un abrir y cerrar de ojos.

Todo se repite donde sea, siempre que sea en la India. En las grandes ciudades, en las estaciones de trenes, en las calles, en los miles de monumentos, fuertes, templos, plazas, pequeños pueblos al costado de los caminos, ferias y mercados. Es siempre todo, y en todas partes. Como en Varanasi, donde la interacción más respetuosa entre las religiones se entremezcla con las cremaciones; los baños en los gats del Ganges -uno de sus dioses-; las danzas y las ofrendas de flores, cantos y velas al atardecer. Rituales sagrados y cremaciones en las orillas del río que dejan impávidos a los visitantes curiosos.

Y como en todas partes, siempre hay una historia de amor

Cerca de la ciudad de Agra, se yergue majestuoso, el Taj Mahal; uno de los edificios más bellos del mundo, construido en el siglo XVII. Es el resultado de una romántica y trágica historia entre un emperador y su esposa. Allí reposan juntos y eternamente Sha Jahan y Mumtaz, quien murió al dar a luz a su decimocuarto hijo. El dolor y la desesperación de él fueron los cimientos para que mandara a construir este maravilloso mausoleo.

Mucho se cuenta alrededor de la construcción de esta lujosa tumba. Que se necesitaron más de 20.000 hombres y más de 1.000 elefantes; que participaron de ella los arquitectos y artesanos más importantes de la época. Y hasta se dice que luego mandaron a cortar sus manos para que nunca más pudieran crear algo tan hermoso. Y otros, hasta aseguran que los dejaron ciegos. Más allá de lo que es cierto y lo que no, lo que si lo es, es que el Taj Mahal hechiza al que posa su mirada sobre él. Al alba con los reflejos dorados del sol o por la tarde con un cielo que siempre se tiñe de rosa. Embriaga por su color, por su imponente presencia, por sus simetrías, por sus estanques, por su reflejo sobre el río.

La India parece no tener fin, así que es posible que queden en el camino muchas cosas sin ver, lugares sin visitar y templos que se confunden unos con otros. De hecho, se puede volver y recorrer lo que no se conoció, pero siempre va a faltar más.

Pero el verdadero encanto lo tienen sus habitantes, los que viven y mueren en su suelo; mucho más que las magníficas obras que están a la vista de todos, y que, de hecho, magníficas son.

Por eso es imposible ser indiferente a sus miradas. Son transparentes, hablan, piden. Son ojos inocentes y curiosos. Que ataviados por los colores que se reflejan en ellos, se van posando de rostro en rostro viendo pasar el tiempo, sin prisas; sabiendo que solamente están de paso, que volverán algún día. O que tal vez, por fin se encuentren con esa paz tan preciada en la que creen, ya que juntos van caminando, por ese camino de las almas que es la India.