Río de Janeiro es uno de los principales centros económicos, de recursos culturales y financieros de Brasil. Un paraíso conocido internacionalmente por sus iconos culturales, paisajes y arquitectura. Un rincón especial en este continente, de tierras fértiles, diversas y descomunales.

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Por: Valeria Trosch

Una urbe cosmopolita, una lista interminable de lugares para visitar. La ciudad maravillosa de Río de Janeiro es mi sitio en el mundo. Ese espacio que todos tenemos y al que siempre vamos a volver, un lugar inagotable, que siempre da lugar a una experiencia más. Una tranquila caminata por la playa de Copacabana, las innumerables y apretadas ferias del centro histórico, la gastronomía que se cuela por cada rincón y a cada paso y por supuesto esa alegría que viene con el verano, la música y el descanso en un paraíso. Río es un lugar para descubrir y descubrirse.

Esta inmensa ciudad en particular y Brasil en general, siempre te da algo más, te sigue enamorando su gente, el idioma, las playas, la calma que muchas veces es interrumpida por la música, las olas o el tránsito caótico. Rápidamente se descubre que es un destino que reúne las características para viajar en familia, en pareja o con amigos; se ajusta a quienes aman la playa, les interesa la arquitectura o simplemente quieren caminar, visitar y empaparse de la cultura carioca.

En lo personal, Río de Janeiro es el lugar de las primeras veces, el primer gran plan con el hombre de mi vida (Maxi), el primer vuelo, la primera vez que me lanzo con los ojos cerrados a lo desconocido sin plan; y vaya que valió la pena.

Durante los meses previos buscamos juntos información, e historia de la ciudad; nos empapamos de la ciudad, su cultura y atractivos, además, pedimos consejos sobre las actividades que se podían realizar y cuándo. Con todo eso en mente llegamos al aeropuerto ansiosos, con una mezcla de sensaciones fantástica.

Rápidamente se descubre que es un destino que reúne las características para viajar en familia, en pareja o con amigos.

En esa ciudad es todo majestuoso, imponente y las distancias son en general importantes; por lo que tuvimos más de una hora de viaje desde el aeropuerto al hotel en Copacabana. Nuestro chofer ─nuestro primer contacto con la capacidad innata de los brasileños para ser anfitriones─ nos aconsejó y convirtió nuestra llegada en el primer paseo. Y fue también otra persona quien repitió el mismo consejo: “tienen que ir lo antes posible a visitar Cristo Redentor ─es que si llueve o hay nubes la vista se puede dificultar─”.

Y así lo hicimos, en nuestro segundo día el cielo amaneció despejado y fue la oportunidad perfecta para esa cita obligada. Las formas de subir son tres: caminando, vehículo o tren; y me prometí volver para hacerlo en tren y luego caminando.

 

Recorrimos en trafic los 710 metros sobre el nivel del mar en el Parque Nacional de la Tijuca, hacia la cima del cerro del Corcovado, llegar significa inmensa naturaleza, una vista paradisíaca y la prueba irrefutable de la capacidad del hombre para crear. Las horas pasan inalterables arriba; no sólo por la enorme estatua de 30,1 metros con el pedestal de 8 metros​ de Jesús de Nazaret con los brazos abiertos mostrando a la ciudad de Río de Janeiro, sino por detalles inmensos, que sólo se pueden descubrir allí.

Y entonces, la aventura comienza.

Las lluvias que interrumpen algunas horas a la ciudad nunca se presentaron en nuestra estadía. Si el calor. Por lo tanto, con dos botellas de agua en la mochila comenzamos con las recorridas, iniciamos tímidos y reconocimos el terreno, los alrededores del hotel, la avenida principal de Copacabana y su playa. Rápidamente la gran oferta gastronómica ─que se da en cada rincón de Río de Janeiro─, fue evidente y muy satisfactoria. Una de mis grandes pasiones es la comida y mi hombre favorito es chef. Por lo que probar y seguir probando era el gran plan.

Recorrimos en trafic los 710 metros sobre el nivel del mar en el Parque Nacional de la Tijuca, hacia la cima del cerro del Corcovado.

Con el paso de los días nos sacudimos la timidez y el subte fue nuestro mayor aliado. Frescos y cómodos viajamos hacia el centro histórico. Será la primera actividad que realice nuevamente en mi segunda visita a Río, porque es inagotable, por su historia y arquitectura. Caminando recorrimos lugares emblemáticos como La Catedral Metropolitana de Río de Janeiro, el Museo Nacional do Rio de Janeiro y el barrio de Lapa.

Alternando playa con visitas, días después llegamos al estadio Maracaná, un emblema de esta ciudad y un anhelo para todo fanático del fútbol. Sabíamos que está cerrado y casi en completo estado de abandono, pero lo recorrimos desde afuera y charlamos con los vendedores de los alrededores para compartir la admiración y un poco la indignación.

Llegar a Ipanema ─caminamos hasta la playa─ fue el momento en que todos los preconceptos que teníamos de Río de Janeiro y Brasil se convirtieron en realidad. El mar, literalmente tomado por los turistas, música, color y el sol que se esconde en el horizonte sobre el agua. Se trata de la playa más popular, no sólo por su belleza, sino también por su cultura, que se expresa sobre todo con música en vivo en los bares.

Con el paso de los días y las charlas en la playa con gente local y otros turistas descubrimos que debíamos hacer otras dos actividades paradisiacas: Arraial do cabo y Barra da Tijuca.

Arraial fue una sugerencia de un uruguayo, que nos organizó el viaje, hicimos un largo trayecto para conocer pequeñas playas de agua fría, totalmente alejadas de la civilización y a las que sólo se puede llegar en embarcaciones y con autorización. Lugares de ensueño que ninguna foto o descripción puede hacerle verdadera justicia.

Y el anteúltimo día fue el turno de Barra da Tijuca, una recomendación de Rubén, nuestro agente de viajes.

 

La gran invitación.

A Barra llegamos una hora y media después de subir al subte a unas cuadras del hotel. Un barrio tranquilo, con muy pocos turistas y con 14,4 kilómetros de playa, es la más larga de todo el Estado de Río de Janeiro.

Es un paraíso de aguas cristalinas, en el que se pueden ver pequeños pececitos a tu alrededor. Un lugar increíble, que no está de moda, por lo que nos encontramos con muy pocos turistas, nos hicimos amigos de una familia argentina y entramos al mar juntos por primera vez en el viaje. La frutilla del postre.

Y mientras tanto no puedo dejar de pensar en lo que escribió justamente un brasileño, Paulo Coelho, en El alquimista: “Cada trecho recorrido enriquece al peregrino y lo acerca un poco más a hacer realidad sus sueños”.